Castillo de la Triste Condesa

Introducción histórica desde el punto de vista de Ruy López Dávalos

"Me llamo Ruy López Dávalos y nací en Úbeda en el año de nuestro señor de 1.357. Durante años forjé una dilatada carrera militar, cuajada de éxitos. Y eso me llevó a ser una de las personas de confianza del joven rey Enrique Tercero.

¿Por qué me necesitaba? Porque el rey requería el apoyo de la conocida nobleza de servicio, a la que yo mismo y mi familia pertenecíamos, para controlar la anarquía, el descontrol y el caos que reinaban en la Corona de Castilla.

En aquellos años, las grandes familias nobiliarias de la época luchaban entre ellas y con el rey por incrementar sus riquezas y su patrimonio. Por eso su majestad buscó apoyo en la nobleza de servicio y se aseguró la fidelidad de todas nuestras familias. Teníamos claro que, si la monarquía era fuerte, nosotros seríamos fuertes.

A cambio de nuestra fidelidad, el rey no podía darnos títulos. Pero sí acceso a rentas, territorios, señoríos, villas y privilegios.

Así, en 1393, Enrique Tercero desvinculó 1200 kilómetros cuadrados pertenecientes al concejo de Ávila, ubicados en la parte meridional de la provincia, y los convirtió en seis villas de realengo. Entre ellas, la villa de Arenas de las Ferrerías con Ramacastañas.

Y siendo ya señor de la villa de Arenas, en 1395 mandé comenzar la construcción de este castillo fortaleza de tipo palacial. Mi intención: convertirlo en mi residencia fuera de la corte y mostrar a todos mis vasallos el poderío de su señor, construyendo una residencia a la altura de mi poder.

Así es el castillo. Un gran cuadrado de cincuentaiun metros de lado, con cubos en los ángulos de 16 metros de altura. Todos los cubos y contrafuertes están coronados con almenas. Al norte, imponente, se alza la Torre del Homenaje, de 27 metros de altura, para reforzar la seguridad. Se defiende con matacanes, a modo de balcón con antepecho. Y en sus lienzos se abren ventanales góticos de arco escarzano y ventanales de estilo mudéjar, de arco de herradura apuntado y columna ochavada; todo ello remarcado con alfiz.

En el interior, ahora no hay nada que pueda compararse con lo que en su día hubo. El patio de armas era un hervidero de cocinas, cuadras, herrerías y almacenes.

Si te fijas en las paredes, aún pueden verse los huecos que sujetaban las vigas de la segunda planta. Allí se situaban nuestras salas privadas, alcobas y letrinas."