
Sala 2 — El color como incendio (Arlés y Saint-Rémy)
Autorretrato con la oreja vendada y caballete
Vincent van Gogh · 1889

Sala 2 — El color como incendio (Arlés y Saint-Rémy)
Vincent van Gogh · 1889
Cuando me encontraba en mi habitación del hospital en enero de 1889, con la oreja vendada y el dolor aún fresco, decidí pintarme una vez más. No era vanidad, sino necesidad. Necesitaba verme, entenderme, quizás perdonarme.
Miro hacia la derecha, fuera del cuadro, porque no puedo sostener mi propia mirada en el espejo. Mi gorra azul con el borde de pelo negro me protege, como si fuera un casco. El abrigo verde, grueso, me envuelve contra el frío de enero que se cuela por la ventana abierta. Ese vendaje blanco que rodea mi cabeza por debajo de la barbilla... es mi marca, mi cicatriz visible.
Detrás de mí, mi habitación cuenta mi historia. Hay un lienzo sobre el caballete con algunos trazos que apenas se distinguen. Es mi futuro, lo que aún está por pintar. En la pared cuelga una estampa japonesa, esas geishas en un paisaje que tanto admiro. Los japoneses saben capturar la esencia con tan pocos trazos... yo necesito muchos más, pinceladas impastadas, mayoritariamente verticales, que sobresalen del lienzo como mi propia urgencia.
Miro mi piel en este autorretrato. Verde y amarillenta. No es la piel de un hombre sano, pero es mi piel, mi verdad. Pinto con el espejo, así que todo está invertido. La oreja que me corté era la izquierda, pero aquí aparece a la derecha. Es curioso cómo el espejo nos devuelve una versión de nosotros mismos que nunca vemos realmente.
¿Qué ves cuando me miras? ¿Un hombre herido? ¿Un artista que ha perdido el control? Yo veo a alguien que sigue pintando, que sigue buscando la luz incluso en los días más oscuros. Cada pincelada es un acto de resistencia, cada color una declaración de que aún estoy aquí, que aún tengo algo que decir.