
Sala 2 — El color como incendio (Arlés y Saint-Rémy)
La noche estrellada
Vincent van Gogh · 1889

Sala 2 — El color como incendio (Arlés y Saint-Rémy)
Vincent van Gogh · 1889
Cuando pintaba por las noches en mi habitación del asilo, miraba por la ventana hacia el este y veía algo que me obsesionaba: ese cielo que nunca se quedaba quieto. Aquí, en Saint-Rémy, el aire era diferente, más denso, como si pudiera tocarlo con el pincel.
Esta noche estrellada que ves nació de una mezcla extraña. La vista desde mi ventana era real, sí, pero yo necesitaba algo más. Añadí ese pueblo que no estaba ahí, lo tomé de un boceto que había hecho desde una colina. Y esos remolinos del cielo... bueno, digamos que cuando uno pinta de memoria, la imaginación toma el control.
Fíjate en esa estrella grande, la más brillante, justo a la derecha del ciprés. No es una estrella cualquiera, es Venus. La veía todas las mañanas antes del amanecer, tan luminosa que parecía hablarme. Para pintarla usé un pigmento muy especial, amarillo indio, que casi nadie empleaba entonces.
El ciprés se alza como una llama negra. Algunos dicen que es el árbol de la muerte, pero para mí era algo distinto: una conexión entre la tierra y ese cielo que se movía como un mar. Lo pinté con trazos largos, siguiendo su forma natural, pero exagerándola hasta que se convirtiera en pura energía.
Los remolinos del cielo los hice con pinceladas cortas y nerviosas. Cada curva, cada espiral, la trabajé como si fuera música. Había leído sobre las nebulosas, esas galaxias que los astrónomos estaban fotografiando, y quería que mi cielo tuviera esa misma fuerza cósmica.
Cuando terminé el cuadro, le escribí a mi hermano Theo que había pintado un cielo estrellado. Pero después, no sé por qué, empecé a dudar. Lo llamé un fracaso, demasiado abstracto, demasiado alejado de la naturaleza. Qué equivocado estaba.
Míra cómo el pueblo duerme abajo, tranquilo, mientras arriba todo se agita. Es la calma y la tormenta en el mismo cuadro. Eso era lo que yo sentía entonces: una paz buscada y una inquietud que no me abandonaba nunca.