Arco y Galerías del Torreón del Alcázar

Muro y fosos medievales

siglo XIII; recuperación para visita pública en 2021

Resto arquitectónico formado por un gran bloque rectangular de piedra caliza en tonos beige y ocre, con un arco de medio punto —curva semicircular— abierto en su centro. Los bloques de piedra están tallados y apilados con precisión, formando dos pilares macizos a los lados que sostienen el arco. La estructura tiene una altura considerable, aproximadamente el equivalente a dos plantas de un edificio, y transmite una solidez y antigüedad evidentes por el desgaste y la pátina oscura que presenta la piedra en algunas zonas.

Nos encontramos ante uno de los descubrimientos arqueológicos más reveladores de Ciudad Real: un fragmento de la muralla medieval que protegía Villa Real, la ciudad fundada por Alfonso Décimo en 1255.

Lo que vemos aquí es mucho más que piedras antiguas. Este muro de mampostería, construido con piedra caliza y argamasa, formaba parte del ambicioso proyecto defensivo que rodeaba la nueva ciudad con más de cuatro kilómetros de perímetro. Fíjense en cómo está adosado directamente a la roca natural: los constructores medievales aprovecharon el terreno volcánico para crear una defensa sólida y eficiente.

Pero lo más impresionante es el foso que tenemos delante. Excavado en forma de V directamente en la toba volcánica, alcanzaba más de dos metros de profundidad y se extendía hasta dos metros y medio de ancho. Imaginen la dificultad de atravesar esta trampa mortal bajo el fuego de los defensores.

Cuando los arqueólogos vaciaron este foso, encontraron un tesoro inesperado: restos de la vida cotidiana medieval. Fragmentos de ollas, pucheros, jarras y cazuelas de los siglos XIII y XIV nos cuentan cómo vivían los habitantes de Villa Real. Estos objetos domésticos, mezclados con huesos de animales, revelan que el foso no solo era una defensa, sino también el lugar donde acababan los desechos de la ciudad.

Hoy, gracias a la cubierta de acero cortén y cristal, podemos contemplar estos vestigios protegidos del tiempo, testigos silenciosos de una época en que Ciudad Real necesitaba murallas para existir. Junto a este muro y foso, otras galerías excavadas en la misma roca volcánica pudieron usarse como posibles bodegas o almacenes domésticos, aprovechando la temperatura constante del subsuelo para conservar alimentos y enseres.

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