Puertas y murallas

Puerta del Antiguo Convento de las Dominicas de Altagracia

portada histórica; convento derruido en los años 70 del siglo XX

Es un gran muro de piedra en ruinas, de color beige y crema con vetas rojizas, que conserva solo la fachada delantera de lo que fue un convento. En el centro se abre una puerta alta y rectangular enmarcada en piedra rojiza trabajada, con una especie de escudo decorativo tallado justo encima del hueco. Coronando esa portada hay columnas y una hornacina, un pequeño hueco en forma de arco, donde se ve una figura religiosa flanqueada por otras dos esculturas.

Ante ustedes se alza una puerta que es mucho más que una simple entrada: es una ventana al pasado de esta ciudad. Esta portada de piedra pertenecía al Convento de Nuestra Señora de Altagracia, que las monjas dominicas habitaron durante siglos hasta su demolición en los años setenta.

Observen la sobriedad de sus líneas. El arco de medio punto, tallado en piedra local, responde a esa arquitectura conventual que buscaba la funcionalidad antes que el ornamento. Las dovelas que forman el arco se apoyan con precisión matemática, distribuyendo el peso hacia los laterales según los principios constructivos medievales que perduran hasta nuestros días.

Lo que hace especial a esta puerta no es solo su factura, sino su ubicación estratégica. Se encuentra aproximadamente donde estuvo la antigua Puerta de Santa María, uno de los accesos principales a la Villa Real medieval. Imaginen por un momento: esta entrada servía tanto para acceder al convento como para cruzar las murallas que protegían la ciudad.

Hoy, cuando el convento ya no existe, esta puerta se ha convertido en un marcador urbano, en una señal que nos permite leer el palimpsesto de la ciudad. Nos recuerda que bajo nuestros pies y alrededor nuestro se superponen siglos de historia constructiva, donde cada época ha dejado su huella en la piedra.

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